Cuando una relación comienza como el hilo del que pende un botón casi descosido, con ese frágil equilibrio que se puede desestabilizar con cualquier movimiento que por error estire hasta la rotura esa ecuación en la que el espacio entre los dos sujetos es también un factor a calcular, hay que tomar decisiones. Para poder atrapar ese botón y recortar las distancias con la tela, hay que cortar primero ese hilo endeble que entorpece el acercamiento. Cortar significa que el botón puede caer y perderse bajo algún mueble de forma que el sacarlo suponga un esfuerzo que no merezca la pena soportar. Otra posibilidad es que se pueda coser sin problemas, pero cuando el botón es una persona, la tela otra y el hilo el contacto que se establece entre ellos a través del tiempo, coser es un proceso lento.
He disfrutado de las puntadas que nos han dado, han sido una sucesión de respiraciones conjuntas, de silencios, sonrisas y compartición de un espacio en apacible tranquilidad que han recortado distancias y convertido las afinidades en conversaciones cuyo ingrediente principal era la confianza.
Disfruto, me recreo en ello, pero no dejaré que botón y tela queden completamente unidos; no puedo. ¿Por qué? Porque entonces el hojal atraparía al botón y ya no habría marcha atrás. Y no, no estoy dispuesta a dejarme caer. Ahora no.