Verano

Son las 5 de la tarde, hace calor y ella está sentada en el café de todas las tardes, a la sombra de una amplia sombrilla de tela color crudo. Las gafas de sol, el periódico y un café.

Del interior del local, pequeño, con paredes de azulejos y barra de madera desgastada, llega algo apagado el sonido de una radio que emite el boletín de la tarde. A esas horas todo está en calma, hay algún turista en la plaza, deambulando a lo largo y ancho de ella, tirando alguna foto de la torre, pero son los menos.

El camarero dice algo, pregunta por la jornada de trabajo y ella le responde, dedicándole una sonrisa que demuestra simpatía; su acento no es perfecto, pero ha logrado hacerse con el idioma pronto y se expresa con facilidad. Se le dieron bien siempre, y más las lenguas latinas. Él añade algo, algún halago tan propio de la gente de allá, que hace que la muchacha ría, como cada tarde de ese verano.

Las noticias traen lo de siempre, el periódico cuenta más de lo mismo y la sombra del campanario llega al mismo punto al que llegaba ayer a esa hora.

Se ha bebido pronto el café, con ese calor el hielo se derrite en seguida. Un último vistazo rápido al periódico y deja unas monedas sobre la mesa. Se despide alzando la mano, va a volver al trabajo.

El interior de la iglesia suele mostrarse más acogedor que el resto de la ciudad, cuyo casco antiguo arde en amarillos bajo el sol. Las calles están empinadas y el empedrado está caliente. Ella lo nota por sus zapatillas de lona y suela fina, que no son las más recomendables para andar por ahí.

Cuando se adentra en el edificio sus ojos tardan en acostumbrarse a la penumbra, aunque les da cierto tiempo, mientras cambia las gafas de sol por las de ver. La temperatura allí dentro es evidentemente más baja, tan evidente como el silencio que gobierna en el templo. Ya se lo conoce, de memoria, pero aun así su mirada sigue ciertos recorridos rituales, que repasan recodos cien veces vistos.

Al llegar al pie del andamio se cambia de zapatillas, se pone la bata y coge una mascarilla; está de momento a dos metros del suelo, no necesita mucho más. En la tarima tiene las herramientas. Enciende el flexo que alumbra la zona que está tratando y se pone los cascos. Escucha la radio, que la ayuda a familiarizarse con el idioma, y allí pasa las horas, hasta que el atardecer sobre la ciudad reclame ser visto, algo de lo que nunca podría cansarse.

Siena, 2003
Publicado en  on Marzo 25, 2008 at 9:22 am Comentarios (5)

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5 comentarios Leave a comment.

  1. Acabará por obsesionarse.

  2. Aún no le odio.

  3. Deme el tiempo suficiente.

  4. ¿suficiente?

  5. …ya sabe que No.


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