Vuelvo a mis orígenes.
Sobre las imágenes
Los sitios no se viven de la misma forma cuando ya se han visto una vez. La cámara registra otras cosas, detalles menos vistosos, imágenes menos significativas. Seguramente esas fotos pudieran pertenecer a cualquier lugar, pero paradójicamente logran retener los instantes mejor que las postales. Ver cada una de ellas hace que se trencen los momentos de forma fiel a como ocurrieron; son, a fin de cuentas, pequeños souvenirs de la memoria.
Black
Hay días para taparlos con una capa de negro impidiendo así que sigan molestando. Yo tengo el pincel en la mano por si, además de ayer, hoy también tengo que utilizarlo.
Verano
Son las 5 de la tarde, hace calor y ella está sentada en el café de todas las tardes, a la sombra de una amplia sombrilla de tela color crudo. Las gafas de sol, el periódico y un café.
Del interior del local, pequeño, con paredes de azulejos y barra de madera desgastada, llega algo apagado el sonido de una radio que emite el boletín de la tarde. A esas horas todo está en calma, hay algún turista en la plaza, deambulando a lo largo y ancho de ella, tirando alguna foto de la torre, pero son los menos.
El camarero dice algo, pregunta por la jornada de trabajo y ella le responde, dedicándole una sonrisa que demuestra simpatía; su acento no es perfecto, pero ha logrado hacerse con el idioma pronto y se expresa con facilidad. Se le dieron bien siempre, y más las lenguas latinas. Él añade algo, algún halago tan propio de la gente de allá, que hace que la muchacha ría, como cada tarde de ese verano.
Las noticias traen lo de siempre, el periódico cuenta más de lo mismo y la sombra del campanario llega al mismo punto al que llegaba ayer a esa hora.
Se ha bebido pronto el café, con ese calor el hielo se derrite en seguida. Un último vistazo rápido al periódico y deja unas monedas sobre la mesa. Se despide alzando la mano, va a volver al trabajo.
El interior de la iglesia suele mostrarse más acogedor que el resto de la ciudad, cuyo casco antiguo arde en amarillos bajo el sol. Las calles están empinadas y el empedrado está caliente. Ella lo nota por sus zapatillas de lona y suela fina, que no son las más recomendables para andar por ahí.
Cuando se adentra en el edificio sus ojos tardan en acostumbrarse a la penumbra, aunque les da cierto tiempo, mientras cambia las gafas de sol por las de ver. La temperatura allí dentro es evidentemente más baja, tan evidente como el silencio que gobierna en el templo. Ya se lo conoce, de memoria, pero aun así su mirada sigue ciertos recorridos rituales, que repasan recodos cien veces vistos.
Al llegar al pie del andamio se cambia de zapatillas, se pone la bata y coge una mascarilla; está de momento a dos metros del suelo, no necesita mucho más. En la tarima tiene las herramientas. Enciende el flexo que alumbra la zona que está tratando y se pone los cascos. Escucha la radio, que la ayuda a familiarizarse con el idioma, y allí pasa las horas, hasta que el atardecer sobre la ciudad reclame ser visto, algo de lo que nunca podría cansarse.
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Siena, 2003
La Guinda
He de decir que esta Madrugada se han evaporado todas aquellas acciones paganas llevadas a cabo en tan señalados Días.
Caminando de vuelta a casa, charlando por el centro de Madrid, se nos encogió el alma al escuchar voces provenientes de una iglesia. Intentamos entrar a la nave principal. No pudimos. Pero había una puerta abierta a la derecha a lo que supongo era una antigua sacristía. Y sí. Entramos.
En la penumbra divisamos unas estrechas escaleras que llevaban a un piso superior iluminado. La habitación que daba paso a dichas escaleras estaba sumida en una penumbra que tendré que calificar como mística, pues así era. Con lo que no contamos era con un hombrecillo que en un idioma que no logramos reconocer parece que nos animaba a subir. Y de nuevo sí. Lo hicimos. ¿Qué encontramos? Un cuarto que rezumaba humedad e incienso, diminuto, con mobiliario de madera carcomida, un bodegón horriblemente malo y un taco de manuales de Piedad Eucarística. Tras dejarnos encantar por la atmósfera, tomamos un ejemplar y descendimos. Aquel hombre, no sabemos si un cura, si un borracho o quizá una combinación de los dos, dormitaba, con un cuadro del Sagrado Corazón a sus espaldas y la luz blanquecina de una farola -esa luz a la que parece costarle tanto trabajo atravesar lugares viejos y oscuros- iluminándole la cabeza, con poco pelo blanco ya en ella. Podría haberse fotografiado, pintado y, sobre todo, filmado.
Salimos al pórtico, nos miramos y, entre los salmos provenientes del interior del Templo, proseguimos nuestro camino, con los rezos bajo el brazo y la mirada perdida, buscando aquel olor a decrepitud eterna que nos atrapó.
Semana Santa
Creo que estos Días Sacros podrían ser calificados con exactitud como “fellinianos”.
Todo empezó con una gran cena, hermosísima y deliciosa que, paradójicamente no fue la última, sino el inicio de todo. A partir de ahí, del Ribera y del Bourbon, todo derivó en una noche que acabaría durando veinticuatro horas -o algo más-. Quizá cierto comentario en el que se establecía una comparación entre un grabado y los deseos de cómo deberíamos acabar se convirtió en un canto profético que se vio cumplido cuando todos, veinticuatro horas después, rememoramos lo que había ocurrido.
Juntar a artistas borrachos siempre fue algo arriesgado.
P.D. Hablando de Grabados: William Hogarth resulta un tipo interesante.
La Recompensa De Crueldad (IV estadio de Crueldad)
Dos cosas
Hey, Cuervo…
Hey, Rubio…
Hey, Mr. Brightside…
… gracias.
Y ya llega St. Patrick… cargado de cerveza, que aunque no sea Murphy’s black… al menos será Guinness. Y pensaremos en verde, y tendremos suerte, y yo podré dibujar de una vez sin arrancar ni arrugar el papel tras algunos trazos.
… a Medianoche.
Mi vida está llena de convicciones. Unas más fugaces que otras, de acuerdo, pero convicciones a fin de cuentas. Sentimientos tan poderosos que me incitan a hacer lo que hago – o a dejar de hacerlo-. Puede llamarse inconstancia (de hecho, qué diablos, así es como se llama), pero permitamos enmascararlo con ese velo que proporciona el placer por lo intensamente efímero.
Algunas convicciones perduran, conformando un camino. Otras vienen y desaparecen, conformándome a mí.